Tiempo les faltó a las
nuevas caras designadas por Rajoy para poner en práctica su nueva política de
comunicación, que, según éste, es el gran problema del PP: bajar al bar cercano
a la sede de Génova y, descamisados impolutos, hacer la “pantomima” de
“chatear” con sendos móviles, mientras toman coca-cola, con amiguetes
concertados para la representación. Si esta es la idea que tiene el PP y su
presidente, que lo es también del Gobierno, de comunicar con “la calle”, no es
de extrañar que ni siquiera en el Parlamento, que debiera ser caja de
resonancia, haya escuchado las propuestas y preocupaciones que el resto de
“representantes” le hayan manifestado. Durante toda la legislatura,
refugiándose en su mayoría absoluta, ha utilizado “el decretazo”, o bien a
sacado leyes, necesitadas de consenso, sin prestar oídos a los sectores
afectados: Educación, Sanidad, Justicia, política económica, laboral,
desahucios, etc., etc. Incluso, para amortiguar el clamor de la calle, no han
tenido inconveniente de “bunkarizar” el Congreso o silenciar el griterío de
los ciudadanos, “amordazándoles” sus
gargantas.